jardines con hamacas paraguayas

Imagino que dentro de poco llegará mi amiga, la señorita Caren. Es una terrible falta de respero y una insolencia que castigamos con severidad, aunque cuando estamos en la intimidad, y si estoy de buen humor, relajo un poco las normas y le permito que me mire furtivamente. El coche que conducía un guapo muchacho inglés uniformado era una limousina, eso fue lo que el chófer le contó a mi ama cuando ésta le preguntó, y no tenía un lugar para los perros. De algún lugar aparecieron dos muchachas que vestían más o menos como yo y tenían la piel algo oscura. Era la primera vez que alguien me veía como una persona normal en lugar de verme como a un perro. Le he pedido hamacas jardin colgantes trasladarme a una casita en un barrio de Londres que compartiré con otra chica, compañera de la universidad. Cuando mi ama marchaba por las mañanas a la universidad me quedaba desamparada.

Yellow Garden Flower «¡Están aquí ama, están aquí, jugando en el jardín, ama! La señorita Caren resultó ser una muchacha un año mayor que mi ama, muy bonita y muy elegante. —¡Oh, sí… sí… mucho… muchísimo, gracias mi ama, gracias! — le dije cuando la vi — tu ama te está buscando… está muy enfadada contigo añadí. Dispuse los vestidos de la señorita Caren en su lado del armario y también guardé el resto de cosas que traía, que gracias a Dios no eran tantas como las que había traído mi ama. Mi ama se mostró persuasiva, tanto como era capaz, y la convenció de que aquella decisión nada tenía que ver con el que estuviera o no estuviera a gusto en su casa. — le preguntó el ama Caren al ama Selma. —¿Ves como sí eres capaz de estarte quietecita cuando te pego? Yo la iba a obedecer en todo y aceptaría todo lo que quisiera hacerme pero me hería profundamente que me humillara delante de aquellas pesonas que no me consideraban como a un perro.

 

Sé que a ella le gusta. Ella se arrebujó y se quedó acostada de lado, mirándome. Beni no se separaba de su joven ama ni un instante, así que me resultaba imposible encontrar un momento para acercarme a ella y poder abrazarla y hablar. Cogí a mi ama y la arrastré hasta el baño. Ella las miró por todos los lados hasta que descubrió una ligerísima mancha de barro escondida entre los pliegues de una de las botas en la zona del tobillo. Incluye una bolsa de transporte y cuatro clavos con los que podrás enganchar sus esquinas al suelo si lo deseas. Luego me deslicé dentro del coche quedándome estirada en el suelo. Se sentaron en los sillones del salón mientras yo cogía las maletas que el taxista había dejado en la puerta y las subí al primer piso. Ella se acercó a mí, descalza y medio desnuda, sólo llevaba las braguitas. Era la manera de sentirme protegida por ella. Su tono de voz no era imperioso, más bien era dulce. Su rostro era dulce y tenía una sonrisa en los labios. Noté una mano en mi hombro.

Cuando me tocó lavarle la entrepierna vació el agua de la bañera y, como la primera vez que se lo hice, la estuve acariciando la cuquita hasta que se corrió en mi mano. En todos vi criadas que como yo tenían que abrillantar los suelos a mano, arrodilladas y pasando un trapo una y otra vez. Debió ver algo que no le gustó porque de repente bajó la pierna y asestó una tremenda patada en la cara de mi hermana con la planta del pie. Me golpeé la cabeza contra el mármol y choqué contra el pie de la cama. Cuando la hube desnudado y le hube puesto el camisón de dormir se sentó en el borde de la cama para que la descalzara. Cuando iba a subir me detuve porque no sabía dónde tendría que ponerme. —Sí mi ama… seguro que no se imaginan que el «perro» soy yo — le contesté.

Tal vez estés peor aquí… por lo que he visto mis primas tienen muy mal genio y yo soy su invitada… si se encaprichan contigo no podré negarme a prestarte — me dijo. Si estoy contenta le pego menos, hamaca plegable sin embargo si estoy de mal humor le pego por nimiedades. —A veces. También depende bastante de mi humor. El primer día, cuando la camarera fue a servir la comida a mi ama le preguntó qué iba a comer yo. —Ahí tienes la bolsa con las sobras… viértelas en el cuenco… ahora se las comerá mi perrita — le ordenó el ama Selma a la camarera. —Sí ama Zaida, soportes para hamacas colgantes es Ravel… la recuerdo. —Sí ama Hannín — contesté aguantándome las ganas de llorar. Saber que mi vida iba a ser como había sido hoy me llenó de amargura y comencé a llorar mientras mi ama seguía secándose los pies distraidamente sobre mi cabeza. Eres una esclava y yo estoy de invitada en su casa… mi obligación es ser cortés y dejar que te usen como quieran. Sólo había una mancha en mi felicidad: la cada vez más dramática situación de mi hermana Beni. Mi hermana perdió peso de manera muy hamacas jardin colgantes rápida.

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